jueves, 21 de agosto de 2014

El asado perfecto
Cuantas veces habremos escuchado frases como: “El tío pepe hace el mejor asado del mundo”, o “no sé que hará ni como hará pero sus asados son tremendos” y los más escuchados sin lugar a dudas: “no hay asados como los de mi viejo”!
  Al margen de cualquier análisis edípico o de las cualidades culinarias de nuestros parientes, la pregunta que nos trae hasta este lugar es: ¿Existe el asado perfecto? Y de ser así… ¿existen una serie de métodos y técnicas para asegurarnos que el resultado de salar trozos de carne y cocinarlos a las brasas sea siempre el de sinceros y repetidos aplausos para el asador?
   Este es el primer capítulo de una serie de posteos que darán forma a la gran colección del  “El asado perfecto”, donde vamos a tocar temas que rozarán lo filosófico, tales como:
·         ¿Salar la carne antes o después?
·         ¿Fuego fuerte o cocción lenta?
·         ¿carbón o leña?
Y otros temas que forman parte  de las banalidades y del cholulismo de la parrilla como por ejemplo:
·         ¿si le pongo hierbas frescas al vacio, mis amigos dudarán de mi hombría?
·         ¿Cómo hago para que el carnicero no se haga el gil conmigo y me venda los peores cortes?
 Para empezar a echar luz en este tema vamos a decir que “NO es un asado perfecto” o mejor dicho, cuales son las cosas que, de hacerlas, tendríamos como resultado casi seguro algo muy alejado de nuestra idea de perfección. A estas cosas las vamos a llamar (solo para darles un tono fatalista y amarillista) pecados capitales del asador, y estos son algunos:
Pecados capitales del asador
 Usar alcohol para prender el fuego. Acelera el proceso de incineración y resulta muy peligroso.
 Utilizar cualquier leña. Debe estar estacionada, sin humedad. Algunas como el piquillín encienden rápido pero duran poco, otras como el quebracho tardan en encender y duran mucho. ¿Lo ideal? Una combinación.
 Tapar la carne con papel de diario. El “efecto hornito” no se logra con una hoja de papel y desde el punto de vista sanitario no es recomendable.
 Cortar la carne para ver si está jugosa. Un crimen imperdonable, ya que provoca un drenaje de los jugos y la carne termina seca.
 Poner la carne congelada en la parrilla. El resultado es que queda dura como piedra. Lo conveniente es sacarla del congelador y pasarla a la heladera el tiempo suficiente para que se descongele. Luego sí, a la parrilla.
 Bajar demasiado la parrilla (por miedo a que no alcancen las brasas). La carne se “arrebata”: cocida por fuera y cruda por dentro.
 Poner la tira de asado como venga. Es el alma de una parrillada y para que quede “especial” hay que colocarla con el hueso para abajo; puede quedar durante horas. Recién poco antes de servirla se la rota para que se termine de cocinar.
 Servir la carne en bandejas metálicas. El metal baja la temperatura de la carne. Es mejor trasladarla en tablas de madera o, si se tiene, en braseritos.
 Apurar mollejas y chinchulines (acumulando brasas debajo). Quedan “gomosas”; lo mejor es mantenerlas el tiempo necesario hasta que estén crocantes